Miguel de Cervantes de cacería con William Shakespeare

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Miguel de Cervantes de cacería con William Shakespeare

En un pueblecito llamado Straford-upon-Avon, perteneciente al condado de Warwickshire, nació nuestro amigo William Shakespeare un veintiséis de abril de mil quinientos sesenta y cuatro. Allí estudió en la Grammar School, el idioma culto de la época: el latín y los escritores clásicos como Esopo, Ovidio y Virgilio… Con el tiempo William se hizo un gran dramaturgo y actor de sus propias obras.                 Ya con veintiocho años Shakespeare se fue a Londres a trabajar en el teatro y la fama no tardó mucho en llegarle. Lo envidiaban hasta personajes célebres de la época como Robert Greene. Un día de verano, en la que representaba su recién estrenada obra Otelo, en su compañía teatral Lord Chamberlain’s Men, conoció a Miguel de Cervantes:

—¡Bravo, bravo…! —exclamó aplaudiendo fuertemente Antonio, un amigo de Cervantes. Shakespeare, que hacía del moro Otelo, desesperado, se daba muerte a sí mismo al término del quinto acto poniendo fin a la tragedia. “¿Quién será ese apuesto galán que aplaude enloquecidamente?” —se preguntó Shakespeare mientras simulaba yacer muerto.

—¿No conoces al famoso William Shakespeare? —preguntó Antonio a Cervantes.

—La verdad es que no tengo ni idea —respondió Cervantes. Antonio, que era uno de los acompañantes de Juan de Tassis y Acuña que participaban  en la negociación de paz, que se estaba celebrando ese año de mil seiscientos cuatro, en Sommerset House entre España  e Inglaterra, conocía a uno de los dueños del Lord Chamberlain’s y le preguntó por Shakespeare:

—¡Hola Henry! —exclamó Antonio.

—¡Qué tal Antonio, me alegro de verle! —exclamó Henry.

—¿Me presentas a William? Mi amigo Cervantes, que ha escrito la famosa novela El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, y el aquí presente, nos gustaría conocerlo en persona —dijo Antonio.

—Eso os va a costar algunas monedas de oro español —dijo Henry seriamente. Antonio y Cervantes se miraron el uno al otro cariacontecidos.

—¡Es broma! —exclamó Henry riéndose a carcajadas.

—¡¡Brindemos por la paz!! —exclamó Antonio descorchando una botella de vino y sirviéndolo en unas copas.

—¡Brindemos! —respondió Henry. Henry condujo a Miguel de Cervantes y Antonio hacia el aposento de Shakespeare.

—¡Buenas noches, señor Shakespeare! —exclamaron al unísono los dos españoles.

—¡Buenas noches, caballeros! ¿Os puedo ayudar en algo? —preguntó Shakespeare cortésmente.

—Sólo queríamos saludarle y conocerle, mi amigo Miguel de Cervantes también es escritor y dramaturgo como vuestra merced.

—¡Aaahh, estupendo! ¡Es el famoso escritor del Ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha! Yo he leído su obra, ¡me parece magnífica! ¡Encantado de conocerle! —exclamó sorprendido William Shakespeare estrechándole la mano al ilustre español.

—¡Igualmente! —respondió Cervantes.

—¿Qué le ha parecido Otelo? —pregunto William.

—La verdad es que no está nada mal. Aunque no me gustan los turcos para nada —respondió Miguel de Cervantes cerrando el puño con fuerza.

—¿Por qué no? —preguntó extrañado el apuesto William Shakespeare. Mientras tanto, Antonio observaba detenidamente cada movimiento de William, y éste le devolvía, de vez en cuando, una penetrante mirada.

—Yo participé en la famosa Batalla de Lepanto «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Allí tuve el honor de perder la movilidad de mi brazo izquierdo a consecuencia de un arcabuzazo. Pero luché con furia y valor por mi patria pudiendo derrotar a los turcos que nos superaban en número, pero no en valor. ¡Estoy muy orgulloso y volvería a luchar con una sola mano! —exclamó enérgicamente Miguel de Cervantes.

—¡Valeroso es vuestra merced! Honorable con la pluma y diestro caballero con la espada —respondió Shakespeare asombrado.

—¡Gracias por vuestras bellas palabras! He oído que vuestra merced maneja tan bien la pluma como el escenario. Y también eres un buen patriota. ¿No es así? —preguntó Cervantes.

—Así es, señor. ¿Por qué no se viene su amigo y vuestra merced de cacería? Conozco de un lugar lleno de ciervos. Allí podremos platicar y disfrutar de la naturaleza —dijo William Shakespeare.

—De acuerdo, señor —respondió Miguel—. Pero le advierto que cazar ciervos es considerado una caza furtiva, a menos que lo realicen personas de la realeza. Y le pueden condenar a vos a muerte.

—¡No se preocupe! Vamos a ir al parque de Sir Thomas Lucy, que conozco desde pequeño, como la palma de mi mano. Y además tengo algunos contactos con la alta alcurnia. Mañana temprano pasaré con mis caballos y algunos vasallos a recogeros a vos y a su apuesto amigo.

—Mañana nos veremos. Ande con Dios —dijo Cervantes.

—Hasta mañana pues, señores. William Shakespeare, Antonio y Miguel de Cervantes se dirigieron al bosque guiado por William y acompañados por sus sabuesos, de raza BassetHound.

Mientras seguían el rastro de un gran ciervo, William preguntó a Antonio: —Antonio, ¿conoces mi obra El mercader de Venecia?”.

—¡No, no tengo el placer de conocerla! ¿Por qué lo pregunta vuestra merced? —preguntó extrañado Antonio.

—Porque uno de los personajes, Antonio, un rico mercader, que apuesta su vida por ayudar a su amigo Basanio, me recuerda a vos —respondió William mirándolo fijamente.

—¡Qué bien, es un honor para mí! La leeré cuando pueda con mucho gusto —respondió Antonio.

—Este paseo me recuerda a las andanzas de mi caballero Don Quijote acompañado de su fiel escudero Sancho Panza. Salvando toda clase de obstáculos y corriendo grandes aventuras en busca de su amada dulcinea del Toboso —dijo Miguel de Cervantes.

—Os voy a hacer una pregunta que me ronda por la cabeza, ¿por qué escribisteis una novela de caballerías en plan humorístico y satírico. ¡Vos os reís de los libros de caballerías y del amor cortés! —exclamó Shakespeare.

—¡No me río! Los tiempos cambian y ha comenzado el principio del fin de las novelas de caballerías. La escritura tiene un principio. Las tendencias: un principio y un fin. Pero la imaginación no tiene fin. ¡Hay que innovar, mi querido Shakespeare! —exclamó Cervantes.

—Estoy de acuerdo con vuestra merced. Además de mi fe católica, coincido en varias reflexiones vuestras. Yo he estudiado latín, además de grandes poetas, escritores y oradores clásicos como, por ejemplo, Ovidio o Demóstenes. Intento dar todo de mí, y que el público se emocione con mis obras. Todo buen escritor como cualquier otro oficio, debe dominarlo con maestría. Y lo más importante de todo, ha de gustarle y amarlo, a pesar de las dificultades que encuentre en su camino. Mi familia ha sido perseguida y castigada por su tendencia religiosa. Y yo he sufrido mucho hasta conseguir asociarme con mi compañía teatral y poder representar con éxito mis propias obras —dijo William.

—Yo también he tenido que dejar la pluma en muchas ocasiones por cuestiones monetarias y trabajar en diferentes oficios. Pero, a pesar de todo, nunca he abandonado mi pasión por la escritura. Espero que algún día sea recordado, no sólo por la Batalla de Lepanto, sino por mis obras —suspiró Cervantes.

—¡Espero ser igualmente recordado! —exclamó Shakespeare. Después de atravesar un sendero sinuoso, Shakespeare volvió a hablar:

—Cervantes, me encanta el personaje de Cardenio vagando, medio loco y desaliñado por los páramos de Sierra Morena, añorando a su amada Luscinda. ¿No os importaría si escribiese una obra teatral sobre este personaje? —preguntó Shakespeare.

—¡Para nada! ¡Así le darás más fama a ese loco! —exclamó riéndose a carcajadas Cervantes. La cacería parecía que llegaba a su fin, los sabuesos empezaron a ladrar con fuerza y consiguieron acorralar a un gran ciervo contra la montaña.

—¡¡Ya lo tenemos a tiro!! — exclamó Antonio emocionado—. ¡Carguemos las armas! Miguel de Cervantes, que llevaba su arcabuz cargado, apuntó directamente hacia la cabeza del ciervo que lo miraba fijamente. Y cuando se disponía a apretar el gatillo escuchó un grito:

—¡¡Para, para…!! ¡No dispares! ¡No lo mates! —clamó William. Antonio y Miguel miraron asustados a William:

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntaron a Shakespeare extrañados.

—¡Nos os preocupéis! ¡No pasa nada! Es que lo he pensado mejor, creo que es mejor no matar al ciervo y dejarlo para los pobres campesinos. Como sabéis, de vez en cuando, matan sus hambrunas cazando conejos y algún ciervo que otro, en contadas ocasiones. ¡Disculpadme, por favor! —exclamó William.

—¡No os preocupéis vuestra merced! Es una gran idea. El pueblo pasa hambre, ¡dejemos al menos a los animales para ellos! Me doy cuenta de que también vos sois una gran persona —contestó Cervantes.

—Muchas gracias por vuestras generosas palabras. Antes de que os marchéis sería un honor para mí que almorzarais en mi acogedora casa. Allí conoceréis a mi familia y degustaréis de un buen venado asado, acompañado de un buen vino. ¿Qué os parece? —preguntó William sonriente.

—El honor es nuestro —respondió Cervantes—. Gracias por su hospitalidad. Será un gran placer acompañaros.

Antonio, Miguel de Cervantes y William Shakespeare disfrutaron de una velada inolvidable. Allí apuraron las horas hablando de batallitas y buena literatura… Nunca llegarían a pensar, que siglos más tardes, serían reconocidos como dos de los escritores más grandes de todas las épocas.

En 1995 la UNESCO promulgó a nivel internacional la celebración del Día Internacional del Libro. Y el día elegido fue el 23 de Abril en honor al fallecimiento de estos dos grandes genios de la literatura. Sus sueños se habían cumplido.

Relato escrito por el escritor Marcos Antonio López Zaragoza (el escritor de Benalmádena) para conmemorar el IV centenario de la muerte de Miguel de Cervantes.