YO SOY ANDALUZ

YO SOY ANDALUZ

En un lugar de Andalucía, de cuyo nombre quiero acordarme, Torremolinos, nació en la década de los años sesenta el joven Francisco, al que todos los vecinos lo llamaban cariñosamente como Paco. El niño provenía de una familia numerosa y muy humilde ubicada en la insigne barriada de la Costa del Sol torremolinense, la bella Carihuela. Su padre, Frasquito, se dedicaba a la pesca y la temporada alta de verano la aprovechaba trabajando de hamaquero, para poder más o menos sustentar a sus cinco vástagos y a su pobre mujer enferma, María. Ambos progenitores no tuvieron la oportunidad de recibir una mínima educación en su infancia y por circunstancias de la vida tuvieron que trabajar muy duro, hombro con hombro, al son de sus padres a una edad muy tempranera. A pesar de su desdichada vida los padres de Paco tenían muy claro que querían una mínima educación para sus hijos. El primogénito, a una edad muy temprana se echó a la espalda junto a su padre la familia. Con tan solo doce años de edad, ya ayudaba a su madre a diario en las tareas domésticas: iba por el pan, hacía las camas, estaba al cuidado de sus hermanos más pequeños y por supuesto estudiaba con mucho fuerzo y dificultad; y para más inri carecía de ayuda en los estudios por parte de sus padres y estos no se podían permitir el lujo de apuntarlos a una academia. A pesar de todas las adversidades habidas y por haber, con tesón y esfuerzo y ayudado por su gran pasión por la lectura, consiguió avanzar con éxito por las diferentes etapas educativas, eso sí, siempre compaginándolo con un trabajo. Pero, por desgracia, los problemas se acrecentaron a medida que iban creciendo los hermanos y sus necesidades se hacían mayores, hasta que un día llamó la suerte a su casa y Paco aprovechó la oportunidad de trabajar de ayudante de camarero en el famoso Hotel Pez Espada, uno de los pioneros y grandes hoteles de la Costa del Sol. Después de dos semanas trabajando felizmente, un día le sucedió un episodio que lo marcaría para el resto de su vida. Ocurrió un viernes de verano y ese día celebraban el vigésimo quinto aniversario de un gran banco español. Los organizadores, cómo no, eligieron Torremolinos, uno de los municipios precursores e internacionales más turísticos de la Costa del Sol. A Paco le había tocado servir junto a su compañero Pedro el rango presidencial donde estaban ubicados los más altos cargos electos de la entidad. Al cabo de unos minutos el salón estaba repleto de invitados, alrededor de dos centenares. Después de que cada comensal ocupara su sitio y tras un brindis inaugural, los camareros comenzaron a servir vino y otras bebidas. La primera mesa, Paco la sirvió sin ningún problema y todas las botellas las iba descorchando como la seda. A continuación se dirigió con celeridad y comenzó a servir a la gran mesa redonda, pero esta vez una de las ostentosas botellas de tinto reserva se resistía a descorcharse hasta que después de un fuerte tirón de muñeca la consiguió abrir, pero eso sí, vertiendo desafortunadamente unas gotitas del rojizo elixir en el impoluto traje de color crema de un directivo vasco que junto a sus dos amigos, uno catalán y el otro gallego presidían la mesa acompañado de sus arrogantes conyugues. —¡Discúrpeme usté, zeñó! A zido zin queré —arguyó Paco algo nervioso.—¡Maldito cateto! ¡No sabes ni hablar! ¡Otro analfabeto e inculto andaluz! Si es que no valéis nada más que para pan y circo, además de siesta y pandereta —farfulló el directivo vasco haciendo gestos perentorios. —Si es que la mayoría de andaluces no saben ni hablar. ¡Son ciudadanos de segunda! —arguyó el gallego riéndose a carcajadas. Mientras tanto, el otro directivo, el catalán, que había observado con detenimiento lo que ocurría se destornillaba de risa y se mofaba imitándolo:—¡Ja,ja,ja…! Ozú, lo ziento pimo… ¿Qué vas a esperar de un cateto proveniente de una tribu? Paco, atónito del espectáculo dantesco que estaba viendo y no comprendiendo la injusta humillación hacia su persona como al gran pueblo andaluz, respondió con vehemencia dirigiéndose primeramente al empresario vasco:—Mire usté, caballero, ante de contestarle le voy a formulá una simple pregunta que zupongo que no le zerá difíci en rezponderla: ¿Zabe usté quién es el zeñó Blas Infante Pérez de Vargas? —Sí, me suena. Creo que fue un escritor mexicano —respondió con sorna el vasco.—No, Aitor, estás equivocado creo que fue un músico valenciano —replicó el gallego llamado Antoxo.   —¡Estáis equivocados los dos, zoquetes! Blas Infante fue un maestro extremeño que murió asesinado —argumentó con convicción, Arnau, el catalán. Paco, incrédulo de lo que estaba oyendo, repuso mientras observaba como el encopetado vasco se aflojaba el nudo de su hortera y estampada corbata:—Mirá, zeñores. Ustedes zabrán de finanzas y economía, pero de historia y cultura zabéis poco por lo que perzibo —aseveró con acento andaluz, Paco—. Pero antes de que existiera Galicia, el pueblo vasco o catalán… ya estaban los tartessos, considerada la primera civilización de occidente, ubicada por zupuesto en Andalucía, cuando ustedes ni tan siquiera ezistían. Y por cierto, muchos más dezarrollás e inteligentes, que las zonas más septentrionales, quizá por la bonanza de su clima, fauna y flora. Y zeñores, ziento vergüenza ajena que no sepáis que Blas Infante es el “Padre de la Patria Andaluza” y nació en Casares, Málaga, y por cierto sí fue asesinado vilmente por sus ideales políticos. Un hombre que cuando regresaba a su tierra instruía a los jornaleros de los campos porque el analfabetismo estaba tan extendido como la peste. Y que ante de morí gritó con valentía a los cuatro vientos ¡Viva Andalucía Libre! Un irrepetible andaluz que murió injustamente como otros grandes personajes de Andalucía como por ejemplo, Federico García Lorca.Los tres amigos observaban embobados al joven sin pestañear y empezaron a sentir algo de vergüenza, aunque a decir verdad, mucha no tenía. Para finalizar realizó una última pregunta a cada uno de los tres magnates:—¿Usté, zeñó, se siente orgullozo de ser vasco? ¿Le da vergüenza hablá en vasco? —No, para nada. Al contrario, procuro hablar más en vasco que en castellano —contestó con rostro serio.—Y a ustedes dos, ¿os da vergüenza hablá en gallego o catalán? —inquirió mirándolos fijamente a los ojos.—No, para nada. Pensamos lo mismo que mi compañero vasco —respondieron cariacontecidos al unísono. Después de unos segundos Paco respondió con grandilocuencia:—¡Pues lo mismo os digo! Yo, hablo andaluz y no tenéis el derecho de insultarme ni a mí ni a mi tierra. Mis padres, por desgracia son pobres y analfabetos porque no han tenido la misma zuerte que vosotros, que zupongo que vendréis de familias pudientes. Pero a pesá de todas las dificultades habidas y por haber me han enseñado infinidá de valores en esta dura vida y sobre todo a tené respeto y tratá con educación a todas las personas, a lo que creo que a los tres os falta. Y os reitero que el andaluz es un idioma al igual de importante que el vuestro, lo que ocurre es que algunos no los queréis reconocer y para más inri a veces lo despreciáis y mofáis sin razón. Y por úrtimo os digo que quiero a Andalucía con toda mi arma y a los andaluces; y me ziento muy orgullozo de haber nacido en esta tierra culta y milenaria porque: “Yo soy andaluz” —espetó su discurso marchándose con esta frase ante las caras heladas de los tres directivos que no daban crédito a sus oídos y recibieron una lección que no olvidarían el resto de sus vidas. Con el tiempo, Paco llegó a ser abogado y dedicó toda su vida, como Blas Infante, a defender el gran pueblo andaluz y sobre todo a los más desfavorecidos.
Marcos Antonio Lopéz Zaragoza (el escritor de Benalmádena).

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