BENALMÁDENA; JARDÍN-PAISAJE DE LA PALOMA

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Como ya sabéis, yo nací en Benalmádena, y quiero contaros y hablar algo sobre mi ciudad.  A continuación, os enseño esta bonita y breve narración sobre el Parque de la Paloma, de  José Javier Rodríguez Alcaide, seguro que os gustará …

JARDÍN-PAISAJE DE LA PALOMA

Tras alejarme de la playa de Santa Ana subí lentamente la pina cuesta que lleva al parque de La Paloma. Caída la tarde; tarde ausente de brisa de cuya ausencia daban testimonio los molinillos de la rotonda. El mar, desde la atalaya del Bil-Bil, estaba aún más silencioso que aquella mirada multicolor de molinillos. Un estanque oblongo, como caído del cielo, me recibió entre dos luces; su flanco norte asciende inclinado en ángulo de cuarenta y cinco grados en escarpada pendiente, cubierto de acacias enanas y sotobosque. El estanque no tiene gran profundidad y sus aguas no son transparentes.

Apenas había visitantes. La contemplación de la naturaleza desde el lado sur del pequeño lago me sugirió calidez, elegancia, voluptuosidad y cierto refinamiento, lo que contrastaba con la algarabía de la playa. Me hicieron creer estanque y entorno que la Paloma estaba habitada por hadas laboriosas, minuciosas, dotadas de gusto, al pasear junto a la pequeña catarata que arribaba cantarina a mis pies. Mi imaginación vio una catarata de rubíes, zafiros y ópalos precipitándose hacia el agua embalsada. El rotundo globo de sol acababa de marcharse por poniente, dejando en semioscuridad el paseo que circunda el estanque.

La Paloma, jardín-paisaje, exaltación física del que fuera un estéril lugar, es sentido humano de perfección en lo bello. Se han plantado árboles en armonía con la colina que los acoge y se ha sabido llevar a la práctica las delicadas relaciones de tamaño, proporción y color tonal de los diferentes verdes. Hay en La Paloma orden y armonías saludables.

¿Quien diseñara este jardín-paisaje pudo imaginar la espiritualidad que alcanzaría el lugar?

A la caída de la tarde el parque es serenidad, alejada de la opresión de la soledad. Sentado desde el altozano, al contemplar el estanque, pude tener dominio sobre el alcance y duración de mi tiempo y mi reposo. Estaba contemplando arte, hecho con esfuerzo y buen gusto. Tal sensación me obligó a sentarme en uno de los bancos, cercanos a la cascada, para mirar de arriba abajo la placidez del lago con arrobada admiración. El jardín-paisaje había sido diseñado por un artista, dotado del más refinado sentido de las formas. Como para cualquier talento no es posible su completo disfrute si no existe otra persona que aprecie su ejecución. El talento del diseñador de este jardín gocé en soledad, que es la mejor manera de disfrutar de este espacio que hace sentir estar ante un paisaje natural. En esa sensación reside el milagro, pues la persona que quiera contemplar la gloria de Dios en La Paloma tiene que hacerlo en soledad.

Los árboles son flexibles, alegres, erguidos; los sotobosques son graciosos y esbeltos, albergue para conejos y gallinas asustadizas. Todo el parque de la Paloma está repleto de un profundo sentido de vida y de alegría en flora, fauna y visitantes.

Cuando anocheció deambulé durante dos horas; sentí pena por alejarme y bajar hacia la playa para enfrentarme al mastodóntico complejo hotelero que la oculta. Dentro del jardín-paisaje de la Paloma encontré paz y sosiego a cien metros del tráfico horrendo de la carretera que bordea la costa de Benalmádena.

José Javier Rodríguez Alcaide

Catedrático Emérito Universidad de Córdoba

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